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miércoles, 20 de abril de 2016

Una crónica muy íntima

Desde la normalidad, el sopor se acerca pausado. Me resisto a dejarle pasar, me molesta, no me agrada, no le doy la bienvenida.

Cierro los ojos al sentir cierto cansancio y los abro de nuevo. Continúo. Debo trabajar. Leer, escribir. Pero entiendo poco. Al escribir, confundo las letras, o pongo punto donde debería ir un espacio. La luz de la pantalla me cansa la vista y el ruido del ambiente se vuelve cada vez más insoportable.

Me resisto. Siempre pienso que la voluntad tendrá algún efecto y lo tiene, pero no para bien. Sólo logra que retrase el momento del descanso.

Pero llega mi derrota. La conozco bien. Mi barbilla cae sobre mi pecho y mis manos quedan lacias. No puedo moverme, abrir los ojos o hablar, pero sigo consciente de mi entorno. Todo tiene que ver con las zonas del cerebro que en este instante se encuentran alteradas, intercambiando señales eléctricas de manera desordenada. Nunca pierdo la conciencia. Eso ha sorprendido a algunos médicos y me ha puesto en situación vulnerable en algunas ocasiones.