Desde la normalidad, el sopor se acerca pausado. Me resisto
a dejarle pasar, me molesta, no me agrada, no le doy la bienvenida.
Cierro los ojos al sentir cierto cansancio y los abro de
nuevo. Continúo. Debo trabajar. Leer, escribir. Pero entiendo poco. Al escribir,
confundo las letras, o pongo punto donde debería ir un espacio. La luz de la
pantalla me cansa la vista y el ruido del ambiente se vuelve cada vez más
insoportable.
Me resisto. Siempre pienso que la voluntad tendrá algún
efecto y lo tiene, pero no para bien. Sólo logra que retrase el momento del
descanso.
Pero llega mi derrota. La conozco bien. Mi barbilla cae
sobre mi pecho y mis manos quedan lacias. No puedo moverme, abrir los ojos o
hablar, pero sigo consciente de mi entorno. Todo tiene que ver con las zonas
del cerebro que en este instante se encuentran alteradas, intercambiando
señales eléctricas de manera desordenada. Nunca pierdo la conciencia. Eso ha
sorprendido a algunos médicos y me ha puesto en situación vulnerable en algunas
ocasiones.
