viernes, 29 de abril de 2016

Aristegui, bajo observación

Orquídea Fong

Desmontar un mito es labor ingrata. El que se atreve puede convertirse en blanco de iras y amenazas, o por lo menos, de burlas. Quien asume este papel tiene, por fuerza, que tener una mente determinada y un espíritu sólido, ya que la cómoda costumbre de no pensar es preferida por las mayorías.

La tarea del analista y del crítico es denostada frecuentemente. Se la tilda de “negativa”, además de irreverente, mentirosa, malintencionada y motivada por la envidia. Los que así la califican son incapaces de ver que tal actividad es el motor del pensamiento científico, causa de todos los avances contemporáneos.

Dudar de todo, desmenuzarlo todo y contrastar cada afirmación y cada dato es esencial en cada actividad humana. En el periodismo, es red de contención a la inevitable tendencia de las personas de engolosinarnos con nuestras propias percepciones.

Pienso todo esto mientras releo (para esta reseña) un libro que me ha dejado deslumbrada por sus valores metodológicos y periodísticos, y que también me tiene hondamente conmovida por la fuerza de voluntad y tesón que se evidencia en su factura. “El periodismo de ficción de Carmen Aristegui”, investigación académica y periodística, que además de analizar el trabajo de la periodista, es verdadera guía de buenas prácticas en el periodismo.

Cuando este libro fue publicado en el 2013, levantó furia contra su autor, Marco Levario Turcott. Sobraron los insultos de baja estofa proferidos por internautas desconocidos y también por periodistas afamados como Sanjuana Martínez y Ricardo Ravelo, quienes, despojados de la objetividad a la que nos debemos los comunicadores, se situaron en el ámbito de la descalificación y la calumnia, lanzaron frases sarcásticas y sospechas sobre la probidad del autor, sin haber siquiera leído el libro, ya que cuando lanzaron sus ataques, sólo se había divulgado un avance de éste.

Acotaré aquí que Sanjuana Martínez  fue sentenciada recientemente por difundir afirmaciones sin prueba en contra del perredista Jesús Ortega, y que Ricardo Ravelo se encuentra actualmente al servicio del gobierno de Javier Duarte, gobernador de Veracruz, un régimen bajo el que han muerto 17 periodistas. Las ofensas se toman de quien vienen.

Un libro riguroso
“El periodismo de ficción de Carmen Aristegui”, es una obra de análisis sobre la labor informativa de la comunicadora a la que miles de ciudadanos han entregado su fe ciega, en una suerte de religiosidad laica intensamente dogmática.

De Aristegui afirman sus admiradores que es la única periodista en México que es honesta, valiente y que se atreve a decir la verdad. En este libro, el autor cuestiona severamente la calidad del trabajo periodístico de Aristegui, mediante el único modo posible: el análisis de contenido y la revisión de datos duros.

Al ser un libro académico, la obra que hoy recomiendo delimita de manera muy estricta su campo de acción. No presenta la trayectoria completa de Aristegui, sino que elige siete casos emblemáticos de su actuar periodístico al frente de los micrófonos de MVS, emisora de la que ella salió hace un año, en circunstancias por todos conocidas.

Los casos elegidos son muestra de los mayores “hits” en alcance mediático logrados por Aristegui y, para el autor, son ejemplo de lo que cataloga como “periodismo de ficción”, es decir, periodismo sustentado en la hipótesis no comprobada.

Con rigor, humor y cifras, el autor expresa su convicción de que lo que lo que la audiencia percibió en estos siete casos como un periodismo decidido fue, en gran medida, una bien practicada retórica, en la que el uso de verbos en condicional y frases ambiguas abren la puerta a la sospecha y dejaron al auditorio de Aristegui con la sensación de que había mucho, mucho más de lo que en realidad se nos dijo.

En el libro se destaca la costumbre de la comunicadora de utilizar construcciones verbales como “valdría la pena saber”, “¿Qué hay detrás de todo esto?”, “¿Qué es lo que no se nos dice?” y otras en el mismo tenor. Aludir a lo no dicho en cualquier caso periodístico es, a mi modo de ver, un recurso inagotable para mantener el suspense, pues inagotables son las facetas no mencionadas en cualquier fenómeno. Sin embargo, cosa muy distinta es conseguir los datos relevantes para una investigación periodística mediante un trabajo concienzudo y presentarlas ante la audiencia, sin importar si dichos datos favorecen el punto de vista personal del periodista.

A pesar de que Aristegui ha cumplido ya un año fuera del aire, esta obra resulta ser totalmente pertinente. En el aniversario de su salida del aire, ocurrida hace unas semanas, la periodista anunció, como si de una gesta heroica se tratara, su pronto regreso en un nuevo proyecto. Sigue siendo indispensable tomar en cuenta lo que Marco Levario tiene que decirnos sobre la labor de quien llegó a ser una voz tan influyente.

Por un periodismo ético
En el periodismo, como en toda labor de investigación, partimos en muchas ocasiones de hipótesis. La sospecha que nos pueda generar una situación, en la que intuimos una buena historia, es un punto de partida válido, pero si a lo largo del trabajo de investigación nuestra hipótesis inicial se ve desmentida, y la historia se va por otro lado o simplemente se convierte en nada, el periodista debe tener la ética y la humildad para aceptarlo.

Al desmenuzar siete casos emblemáticos del trabajo de Aristegui (los casos de las “Camionetas de Televisa”, “las tarjetas Monex”, entre ellos), Levario Turcott demuestra que el trabajo de la periodista más santificada fue deficiente, dominado por su ego  y no regido por el oficio.

Nos demuestra que Aristegui eligió a priori una postura, determinó responsabilidades y/o culpables, escogió únicamente los datos que favorecían su hipótesis inicial, dedicó excesivo tiempo aire a defender sus puntos de vista favoritos, tuvo invitados que validaron dichos puntos de vista e ignoró datos que no los apoyaban. Cuando sus “casos” se hicieron insostenibles, simplemente los dejó languidecer, sin dar un correcto cierre ante la audiencia, permitiendo que permaneciera la sensación de que ella siempre tuvo la razón y que el “silencio” en torno al desenlace era parte de lo que “alguien”  no quiso que se supiera nunca.

Auténtica labor de investigación
“El periodismo de ficción…” fue para mí un oasis intelectual. Me aportó datos que llenaron amplias lagunas informativas, y en retrospectiva, pude ver que la inmensa mayoría de la información que se dio sobre estos casos, a nivel medios, siguió la batuta de Aristegui. Y es que es más fácil (para el público) creer en difusas conspiraciones, que investigar, delimitar y comprobar. Y para muchos medios, es mucho más rentable el sensacionalismo fundado en sospechar en torno a lo que sea, que dedicar tiempo, dinero y método a ir al fondo de las cosas.

A los periodistas y otros profesionales de los saberes sociales nos forman en el pensamiento científico, pero desafortunadamente pocos hacen gala de ello. Marco Levario sí, y además, intenta, en todo momento, conservar su honestidad intelectual, que lo hace señalar errores, pero también aciertos.

A pesar de que expresa abiertamente su desacuerdo con Aristegui, y en ocasiones es notorio su enojo por la falta de ética que a su juicio ha mostrado la periodista, señala repetidamente a lo largo del libro que su voz y estilo deben continuar en el ámbito noticioso mexicano, no porque sea perfecto, sino porque ello es parte de una sociedad democrática.

Pero, señala, la democracia no únicamente debe permitir todas las voces, sino al mismo tiempo el análisis de las mismas. El periodismo no debe ejercerse sin contrapesos, por más que el periodismo sea contrapeso del poder. El interés del autor al escribir este libro es ofrecerlo.

Cualquier figura que adquiere relevancia pública, en cualquier terreno, debe ser observada y criticada. Entiéndase “crítica” en el sentido estricto, como análisis objetivo y riguroso, no como chismorreo y difamación. Este libro jamás toca terrenos personales, como sí lo han hecho muchos detractores de Aristegui, que han indagado acerca de su vida privada y hecho cruel mofa de ella e inventado apodos detestables que difunden por donde pueden.

Marco Levario ha hecho un esfuerzo intenso y exitoso por traernos información detallada, extensa. No obstante, su objetivo primordial, expuesto por él mismo en diversos momentos, no se alcanzó: debatir seriamente sobre el ejercicio periodístico en nuestro país. En cambio, su obra fue tomada (por causa de los furibundos ataques hechos por fans de la periodista) como parte de un intento de “denigrar” a Carmen Aristegui, como persona.


De la lectura de su libro queda claro que el verdadero periodismo es la difusión de lo que es incontestable, fundamentado en datos, no en especulaciones. Yo le agradezco por ello.

6 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Al periodismo de Aristegui es "manipular la informacion" para su conveniencia

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  3. Yo creo que la labor del periodista es señalar. Aunque ello implique no tener pruebas plenas sino sólo indicios. El periodista no es autoridad. No requiere comprobar sus comentarios. Su labor es divulgar los hechos y cuando los editorializa, su opinión tal cual. Por ello pueden y deben coexistir un Ricardo Alemán o una Carmen Aristegui.

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    1. señalar sin pruebas se llama chisme, no periodismo. o tal vez periodismo de espectáculos.

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    2. no amigo, señalar lo hacemos cualquiera de nosotros. Un periodista debe investigar y tener todo el sustento de lo que dice, si no es un vil chismoso. Vamos, hasta la Chapoy hace investigación

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  4. decir que Aristegui hace periodismo es lo mismo que decir que Arjona hace música

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